El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) que investigó el caso Ayotzinapa fue una pequeña comisión de la verdad que fortaleció un caso ya convertido en espejo para México, afirma Carlos Beristain.

Entrevistado en la capital peruana, el especialista en procesos de paz y de búsqueda de la verdad en regiones de América, Europa y África, explica que para crear una comisión de la verdad en México primero tiene que haber un cambio de sistema por los niveles de violencia que ha alcanzado el país en los últimos años.

Desde tiempo atrás, precisa, urge un marco social de reconocimiento de las víctimas y de la experiencia que ellas han acumulado cada vez más.

“En todos los países hemos escuchado la frase de que no es el tiempo, y yo creo que el tiempo es ahora. Tenemos que encontrar las condiciones que hacen posible que los procesos puedan hacerse, para no exponer a la gente a cosas que no hay condiciones para hacer y que las pueden golpear más, o que las visibilizan cuando no hay condiciones de seguridad para ellas. Hay que tener cuidado”.

Desde hace tiempo, insiste, la gente exige una respuesta digna del Estado, en la que se reconozca su experiencia. “Y yo creo que sí es el tiempo” de una comisión de la verdad.

Tras señalar que en México hay un sistema social y político en crisis, Beristain afirma que dicho sistema se ha convertido en parte del problema en términos de impunidad. “Es un círculo entre violencia, corrupción, impunidad, violaciones de derechos humanos, ahí hay todo un cúmulo que se ha retroalimentado”.

Y, para dimensionar la complejidad de México, recuerda con insistencia las palabras de familiares de los normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero, el 26 de octubre de 2014: “Por favor no se vendan”.

“Pero otra cosa que nos dijo mucha gente es: ustedes no van a poder hacer nada. Nos lo dijo mucha gente, gente bien intencionada, comprometida”, dice.

De acuerdo con el experto, esas frases no las había escuchado en los países donde ha trabajado en comisiones de la verdad, acompañamiento de víctimas o procesos de pacificación en países como Guatemala, El Salvador, Perú, Colombia, Ecuador, Brasil, Venezuela, Chile, Paraguay, Argentina, el País Vasco, los Balcanes, Argelia y el Sahara Occidental.

“Y el GIEI demostró que se puede hacer. Lo que tenemos que encontrar son las metodologías, la manera de documentar casos que permitan hacer ese proceso y acompañar a las víctimas. Yo creo que eso se tiene que ir haciendo, como una comisión de la verdad, pero no creo que se pueda hacer una cosa mimética, un calcado. Tiene que adaptarse a la reflexión y tiene que adaptarse al contexto de las víctimas”.

En opinión de Beristain, la narcopolítica es una dimensión solamente de lo que sucede en México. Y el aparato del Estado, que ha sido penetrado por el narco y la impunidad, es parte del elemento que alimenta ese círculo vicioso.

“Lo que demostramos en el GIEI, por ejemplo, es el rostro que tiene un caso concreto en esa relación”, apunta.

El especialista refiere que en el exterior, cuando se preguntan qué pasa en México, la gente se concreta a decir que existe un problema de narcotráfico, como sucedió en Colombia.

“Pero es un rostro amorfo (el del narco) que genera miedo, porque es la indeterminación de la amenaza que te va a golpear. Y también los mecanismos que debía tener el Estado frente a esa situación han fracasado. No tienes nada que te ayude frente a eso. Lo único que te queda es adaptarte a sobrevivir o armarte en autodefensas para hacer no sé qué. O inhibirte frente a la situación y tratar de poner muros cada vez más altos para que esa violencia no te llegue”.

Casi todas las guerras modernas, sostiene, buscan el control de la población y el control del territorio. Los últimos años en México se han visto esas relaciones de control, asegura.

“No es el control de la población o el control del territorio de la guerra contrainsurgente de los años 80 o de otras, pero es una lógica del control de los corredores, control de los procesos comunitarios como los de la (Sierra) Tarahumara, donde es brutal el control de la plaza, de la gente y del territorio. Eso pasa por el control del narcotráfico y luchas de cárteles, el extractivismo, más la presencia del Estado. Todo eso está penetrando junto, no son cosas separadas”.

En ese sentido, subraya, es necesario documentar todas esas situaciones, ponerles nombre e identificar los factores que han hecho que esa violencia contra la gente se perpetúe, para poder tomar decisiones frente a ello.

“Lo que hemos visto es cómo en México se ha dado una continuación de la violencia. Los Zetas, por ejemplo, vienen de los kaibiles y del uso del terror ejemplificante que vivimos en Guatemala, que de pronto se traslada a México con los mismos métodos y con otras lógicas.

“No es la lógica contrainsurgente de Guatemala de los años 80, pero hubo terreno fértil, y si no cortas la impunidad y la corrupción, si no hay costo político y si no hay responsabilidad de delincuentes y de elementos del Estado que están implicados en estos temas, si no hay una ética distinta del aparato del Estado, al final lo que predomina es adaptarte para sobrevivir”.

El GIEI, recalca, dejó 20 medidas o alternativas para hacerle frente a las situaciones que hay en el camino en términos de la investigación criminal.

No se trata de tener una nueva fiscalía dentro de la Procuraduría General de la República (PGR), sólo por tenerla, sino de un cambio en la investigación criminal, en los mecanismos que tienen la capacidad de generar un círculo virtuoso de transformación, no un círculo vicioso de reproducción, puntualiza.

“Si no se generan cambios estructurales en México, entonces no hay nada que hacer. Las condiciones de la reproducción de la violencia seguirán en el país. México sigue teniendo una frontera con Estados Unidos. El problema de las drogas que van hacia arriba y las armas que van hacia abajo va a seguir existiendo. Si se sigue persiguiendo más a la gente que al dinero, no hay condiciones estructurales de cambio”.

Prosigue: “Urge hacer cambios en política, principalmente en el respeto a las víctimas y en no estigmatizarlas, en la investigación de los casos y reconocer las condiciones que siguen haciendo posible el horror a gran escala en el territorio nacional, porque no es una situación de hechos aislados”.

Y lanza la pregunta: “¿Qué ha hecho posible el horror a gran escala?”.

A cuatro años de Ayotzinapa

Beristain afirma que, con su trabajo en el país, el GIEI demostró que sí es posible investigar un caso con profesionalidad, con sensibilidad, y generar resultados que “tumbaron” la llamada verdad histórica institucional.

“Después de dos años de haber salido del país, nadie ha podido cuestionar los resultados (del informe del GIEI), se han confirmado por la vía de los hechos. Muestra también que quienes hicieron una campaña en contra nuestra tratando de desprestigiarnos, trataron de atacarnos personalmente, pero no pudieron atacar nada del informe”, recapitula.

El informe del caso Ayotzinapa, abunda, demostró que se requieren herramientas como las que el GIE utilizó: poner sobre la mesa las verdades indudables, que no son opiniones, que no son condiciones de parte o politizadas; poner sobre la mesa la perspectiva de los derechos humanos, de las pruebas probadas, objetivas, que demuestran que se puede hacer frente a los miles de casos que se registran en el país.

De igual manera, el experto español indica que México tiene las posibilidades técnicas y prácticas de desarrollar un proceso eficaz, pero necesita la independencia de los mecanismos de investigación para que tengan la autonomía para hacer las cosas con profesionalismo y compromiso real.

“(El caso Ayotzinapa) también muestra la importancia de los familiares. Nada hubiera sido posible sin la movilización de los familiares: ni la presencia del GIEI, ni nosotros, hubiéramos aguantado en el país frente a la campaña en contra nuestra si no hubiéramos tenido la relación del sentido, de quedarte en el país para hacer frente a la situación, para hacer un aporte que sea significativo. Los familiares han sido quienes han mantenido una memoria viva y han llevado a que el caso no pueda ser olvidado, no pueda ser sepultado. Son una fuente de legitimidad en este caso, pero también hay otros muchos casos. Ahí está Fundem, Fundec, Cadac, en todos los estados hay. Creo que es una energía muy importante”.

Las alternativas deben generar procesos con la gente que ha mantenido viva esa historia, para buscar la forma de sostener sus esfuerzos, para acompañar su lucha y abrir un marco de reconocimiento frente a ellos, frente a la situación de insensibilidad que han vivido gran parte, dice.

Los exintegrantes del GIEI siempre están dispuestos a colaborar en lo que necesite México, aunque haya regresado cada uno a diferentes tareas, apunta.

Destaca que hay dos cosas que se han dado últimamente: en primer lugar, la sentencia del tribunal de Tamaulipas que confirma los hallazgos, la mala investigación, y determina que se debe hacer de verdad una investigación sobre los hechos. Confirma que la verdad no era una verdad como tal, pero también habla sobre la impunidad y sobre la responsabilidad de la PGR en la mala investigación sobre los hechos.

En segundo lugar, está el compromiso que lograron los familiares de los estudiantes desaparecidos por parte del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, para hacer una investigación sobre el caso.

“Las dos cosas van en la misma dirección, muestra cómo este caso ha sido clave para generar una crisis de legitimidad sobre la investigación criminal y sobre la importancia de los organismos internacionales por la independencia necesaria para poder hacer el proceso, y también muestra que cuando hay un ejemplo positivo, esta impotencia aprendida en el país, de que eso no se puede hacer, que esto no va a dar nada de sí, puede generar también ejemplos positivos para otros casos. Mueve a sujetos dentro del aparato del Estado que se atreve a hacer cosas que no se atrevían a hacer, ese es el punto central para el cambio en México”.

El experto está convencido de que esa experiencia acumulada puede alimentarse de la experiencia del GIEI y de la manera en que hicieron la investigación.

“No se trata de reproducir la experiencia del GIEI en la actualidad, pero sí son muchos aprendizajes de la experiencia para los nuevos modelos que hay que hacer”.

Con la llegada de un nuevo gobierno se ha albergado la esperanza de que una comisión de la verdad, como ha ocurrido en otros países, pueda dar solución a la situación de violencia en México, pero Beristain insiste en que se requiere preparar el camino para hacer que las cosas sean posibles y analizar las nuevas condiciones.

“Las víctimas en México de la guerra sucia de hace un tiempo y de la guerra contra el narcotráfico necesitan dese hace años un marco social de reconocimiento”, dice, y ejemplifica con algunos casos que ha acompañado en otros países.

“Nosotros hicimos un informe que se llamó ‘La verdad de las mujeres del conflicto armado en Colombia’. Lo hicimos en un tiempo en el que recogimos mil testimonios de mujeres víctimas de la guerra en un tiempo que ni siquiera se podía hablar de conflicto armado interno. El gobierno había decretado que no había conflicto armado interno y sólo se podía hablar de terrorismo, pero las víctimas estaban exigiendo, estaban organizándose, necesitaban un espacio de escucha, de reconocimiento, de sistematización de su experiencia. Hicimos ese proyecto en un tiempo en el que no se podía hacer”.

México, agrega, requiere mecanismos extraordinarios para hacer frente a la situación de violencia que ha vivido los últimos diez años, y esos mecanismos se deben adaptar al contexto.

“Pero no pueden esperar ocho años más, seis años más para apoyar. Se necesitan dar pasos para ello. Y hay que dar pasos que vayan hacia una comisión de la verdad; hacia la creación de un marco social de reconocimiento de la historia de lo que se ha vivido; hacia una identificación de los mecanismos que han hecho posible el horror de gran escala que está viviendo el país todavía, porque todavía no ha terminado”, alerta.

El entrevistado advierte que, si se está pensando en hacer algo que esté bien hecho para México, no se tiene que basar en que se necesita políticamente, sólo va a ser útil si se sintoniza con el tiempo de los procesos colectivos y de la gente que determinará si es tiempo de hablar, de documentar los casos, de sistematizar la experiencia, de abrir un espacio para que enfrente el miedo y se pueda poner de pie.

“Yo creo que eso sí es importante, y el movimiento de las víctimas en México ha demostrado que las víctimas han hecho muchas cosas. Nosotros hace diez años empezamos los talleres de atención psicosocial que han sido el espacio de fortalecimiento, que fueron algo que ayudó al proceso de construcción de las organizaciones que ya han empezado”.

Con impunidad no puede haber amnistía

Según el experto, no puede haber amnistía sin investigación, sin verdad ni reconocimiento. Si no se reconstruyen los mecanismos de justicia –apunta–, la impunidad se construye en un mecanismo central y las respuestas del Estado serán como han sido hasta ahora: no hay salida política para México.

Tras señalar que la impunidad no puede ser la salida, dice tajante que los dos puntos básicos son: verdad y respeto a las víctimas.

“La ‘verdad’ que en México siempre se ha construido es sobre cosas que parecen creíbles, pero no se han demostrado, como el caso de las 43. Se construyen historias que criminalizan a las víctimas, que dan explicaciones cerradas, que tratan de cerrar el caso. Son variables que se han repetido en muchos casos. Necesitamos una verdad que deconstruya los mecanismos, que nos ponga realmente frente a los hechos y frente a lo que se pueda demostrar”.

Finalmente resalta que México necesita una verdad que genere reconocimiento y dignificación, que no sólo señale lo que pasó y genere una sensación moral frente a lo que supuestamente pasó, porque no es justo.

La verdad que le urge a México, subraya, es la que reconozca la dignidad de la gente que ha sido pisoteada, estigmatizada y señalada, que destruya los mecanismos de la justificación de la violencia y de la impunidad, que han hecho posicionado que la vida no vale.

“El respeto es el bálsamo con el que se pueden curar las heridas. Si no hay respeto, las heridas en México no se pueden curar. Y eso forma parte del cómo se trabaja con la gente. Tan importante es el qué como el cómo. Si hay una futura comisión de la verdad, una reforma a la fiscalía, a los mecanismos extraordinarios que se pongan en marcha, tienen que trabajar con la gente de una manera diferente, que permita generar respeto que ayude a curar las heridas, que no den respuestas burocráticas, insensibles, con falta de comprensión de la esperanza de la gente”.

Finaliza: “Si el cómo hacen las cosas, no respeta a quien se pretende ayudar, no se estará haciendo nada. Esas son claves para cualquiera de las salidas que pretendan plantear en el debate”.

Lima Perú (apro).- Por Patricia Mayorga, 28 de agosto de 2018.


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