Mejor que nunca. Es cada vez más difícil identificar cuál es la narrativa, el complot o la conspiración y tratar de hacer un análisis más o menos coherente del espectáculo dentro la cúpula política de Estados Unidos (y los que intentan bailar con ella aquí y en otros países).

Algunos dicen que:

1) Trump está encabezando un complot de la ultraderecha, otros insisten que,

2) El complot es de los neoliberales, otros más que es,

3) Un bufón que no tiene idea y sólo quiere ser el centro de atención a toda hora en todas partes (si es así, ha triunfado); otros afirman que,

4) No hay ninguna estrategia aparte de cumplir con los deseos inmediatos de banqueros, fanáticos religiosos y supremacistas blancos (todos los cuales han elogiado al ocupante de la Casa Blanca).

O tal vez no hay que pensarle tanto, y en los hechos quedan claras sus intenciones:

5) Destruir el estado de bienestar social y otras estructuras que quedan desde los tiempos de Franklin Roosevelt,

6) Realizar una limpieza étnica en el país y

7) Cerrar las fronteras, y

8) Declarar que cualquiera dentro o fuera de Estados Unidos que se oponga, no jure lealtad o por lo menos subordinación al nuevo bufón-emperador será atacado como enemigo del pueblo, o algo así.

Pero no se sabe bien a bien qué es todo esto, y lo ocurrido esta semana no ofrece mayor claridad. Trump ofreció su discurso sobre el estado de la Unión, y proclamó que esto que se está viviendo es el amanecer de una nueva era estadunidense gloriosa, llamó a la unidad nacional, declaró más guerra contra inmigrantes y amenazó al resto del planeta con más armas nucleares. Poco después, en una entrevista, infirió que tal vez sería necesario otro 11-S para lograr esa unidad.

Acto seguido, lanzó un ataque sin precedente en tiempos modernos contra las instituciones de seguridad pública, como parte de un intento de descalificar y tal vez despedir a los que lo están investigando. Acusó, en esencia, que el Departamento de Justicia y la FBI, entre otros, son parte de un complot político en su contra (a pesar de que él nombró a sus respectivos jefes). Por su lado, se reporta que el personal de la FBI está furioso y sorprendido de que sus históricos aliados políticos –los republicanos– los están atacando. Aún más raro es ver cómo algunos grupos liberales ahora están defendiendo a una agencia que ha sido criticada en tantas ocasiones por su largo historial de persecución e intimidación contra voces progresistas (incluyendo figuras ahora sagradas como Martin Luther King). Más aún, activistas liberales están organizando una fuerza de reacción inmediata (dicen que son cientos de miles) que saldrán a las calles en protesta, en caso de que Trump se atreva a despedir al fiscal especial Robert Mueller, algo que algunos políticos dicen detonaría una crisis constitucional.

En el ámbito de política exterior, la semana concluyó con Trump minando, una vez más, a su encargado de política exterior, quien acababa de concluir una visita exitosa a México como parte de una gira por Latinoamérica.

Mientras el pasado viernes México declaraba que la relación con Estados Unidos nunca había estado mejor (noticia que seguramente sorprendió a muchos, incluidos millones de mexicanos de este lado perseguidos por la migra y la política de odio racial de este gobierno), el mandatario corrigió esa impresión ese mismo día. En un discurso en Virginia, Trump abordó el flujo de drogas y de ilegales que inundan a Estados Unidos, y preguntó: ¿Y qué están haciendo México y Colombia?; ¿qué están haciendo al respecto? Nada. Estos países no son nuestros amigos, saben, pensamos que son nuestros amigos y les enviamos asistencia masiva y ellos están enviando drogas a nuestro país y se están carcajeando de nosotros. Quiero frenar la asistencia si ellos no pueden frenar las drogas que llegan aquí.

Por su parte, Tillerson –quien en esta gira está encargado de asegurar a los latinoamericanos que Trump a veces habla feo pero que sus intenciones son muy bonitas– inauguró su viaje elogiando la Doctrina Monroe, declarando poco antes de llegar a México, que esa política que está por cumplir su bicentenario “claramente ha sido un éxito… lo que nos vincula en este hemisferio son valores democráticos compartidos... Creo que fue un compromiso importante en su momento y veo que a lo largo de los años ha continuado enmarcando la relación. Pienso que es tan relevante hoy como lo fue el día en que fue escrita”.

En ese mismo discurso invitó a un golpe militar en Venezuela y promovió el cambio de régimen en Cuba, todo mientras proclamaba a su gobierno como campeón de la democracia en el mundo. Mucha nostalgia.

No es nada nuevo que Washington –tanto con gobiernos republicanos o demócratas– se proclame juez y jurado sobre la democracia hemisférica. Unos 150 años de intervenciones, asesinatos, capacitación en tortura (perdón, se llamaba asistencia policiaca) y operaciones clandestinas siempre fueron justificadas como necesarias para la defensa de la democracia.

Uno de los más reconocidos estrategas de esa política, por cierto, el premio Nobel de la Paz, Henry Kissinger (quien se dice que afirmó en 1970, cuando era asesor de Seguridad Nacional de Richard Nixon: no veo por qué necesitamos quedarnos quietos y observar mientras un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo, ante la elección de Salvador Allende como presidente de Chile), fue citado por el Daily Mail declarando ante senadores la semana pasada que un ataque preventivo (se supone que sería nuclear) contra Corea del Norte es tentador y el argumento en favor de esa opción es racional.

¿Racional? Todo esto, pues, tal vez sea muy racional, o tal vez, ojalá fuera así, es una pésima serie de televisión. Uno ya no sabe si pretender ser un analista razonable o un experto sobre racionalidad, y tratar de ofrecer una explicación coherente de todo esto, o si sólo divertirse con los otros que lo intentan junto con políticos de aquí y otros países que dicen que sí le entienden y proclaman que las cosas están bien, mejor que nunca.

Por David Brooks

[NB: cabezal, numerales y negritas del editor]


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