“Por supuesto que hay guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que está realizando la guerra; y estamos ganando”: Warren Buffet.

Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo: Abraham Lincoln.

 

Davos, enero 2019, el foro anual. Cumbre de operadores, los representantes —eso dicen— del poder mundial, unos 3 mil invitados de 100 países. Ahora para hablar de “globalización 4.0”, según el fundador del Foro Económico Mundial (FEM), Klaus Schwab. Una globalización que, para sostenerla hoy habrá que darle respiración boca a boca, al menos de Occidente.

En estado de agonía o estado de shock, así subsiste la globalización entre los principales países motores. Dicho sea, porque en estos tiempos la dupla anglosajona, Estados Unidos de América (EUA) y Gran Bretaña (GB), se inclina más por el proteccionismo.

Así vemos a Donald Trump, el presidente de EUA, empeñado en fracturar el viejo orden internacional: sus normas, reglas y hasta instituciones. A Teresa May, con el Brexit, que se empeña en sacudirse a la Unión Europea (UE), para no compartir asuntos que ponen su “seguridad nacional” en jaque, como la inmigración y el terrorismo.

Como todo país capitalista primero e imperialistas después, crean un tiradero que luego intentan desaparecer bajo la alfombra, sin responsabilidad alguna. Sus destrozos, asesinatos colectivos, guerras, destrucción de la naturaleza, humana y material. Todo impune, como poderes imperiales, desdeñan el juicio de la Historia.

Con secuelas globalistas, sin embargo, la UE está envuelta en varios líos. A más de los propios, como la falta de unidad (desUE), las presiones procedentes de EUA por el bloqueo obligado a Rusia —pese a sus requerimientos de gas—, la crisis económica con elevada deuda pública y altas tasas, las pocas expectativas de crecimiento y falta de empleos, bajos salarios; a ello se suman la inmigración y el terrorismo, efectos ambos de las guerras.

En el fondo se trata de las fallas estructurales del libre comercio, de las políticas neoliberales como trasfondo de una globalización que no resuelve, y crea problemas sociales por las privatizaciones. Salvo que a unos países impacta más que a otros, al final de cuentas agarra parejo. No es el mismo efecto para Alemania y Francia, que para los que orbitan: Grecia, Italia, España o Portugal, con el alto impacto social a causa de la privatización de los servicios públicos, entre otros. Pero todos pagan el precio al final de cuentas.

En cambio, los países emergentes como Rusia, China e India, sí que se han acoplado lo mejor posible a jugar con las reglas del libre comercio en el mercado mundial, en materia de intercambio en inversiones, pese a las restricciones al entrar a los países de Occidente.

Aparte, Rusia, China e India están aplicando políticas cada vez más libres del control de los EUA; así sucede con la guerra comercial contra China, el dólar como moneda de reserva y comercio mundial va en picada, la acumulación de oro y la adopción de monedas propias para deshacerse del dólar es ya una realidad.

Ahí se da también la disputa geopolítica de Rusia, China e India frente a los países anglosajones y la misma UE. Con todo y esta última está a mitad del camino entre ambos polos geopolíticos, con más dudas que definición clara frente al yugo imperial estadounidense.

Lo cierto es que, cuanto más presiona EUA en el terreno internacional, más pierde hegemonía. Aparente descontrol, lo cierto es que por la soberbia, Trump —sobre todo del “Estado profundo” que le apuesta todo a las guerras— no se percata que los hilos sueltos más pronto que tarde son atados por el otro polo del poder geopolítico, bajo lineamientos de Rusia y también de China.

En otras palabras, el proteccionismo anglosajón no tiene pies ni cabeza frente al orden mundial anterior, el de la posguerra fría. Y la batuta de la globalización, en sus facetas de libre mercado e inversión, con apertura comercial bajo el control estatal está cambiando dirección, mirando hacia donde sale el sol.

Es decir, que la globalización en Occidente está en crisis, porque tanto EUA como GB, antes fieles operadores de las políticas de Reagan y Thatcher —los promotores originales en los años 80 del siglo XX—, están siendo desplazados, perdiendo terreno por este nuevo orden mundial que es multipolar, al momento mismo del abandono voluntario.

EUA y GB siguen el credo de las empresas multinacionales y los colocadores de “futuros”, fondos de inversión en las bolsas globales —siempre a la rapiña—, pero al tiempo han generado la fragilidad de sus propios Estados y la oxidación de sus maquinarias de guerra, en tanto el atraso en materia militar EUA reconoce su indefensión frente a las armas hipersónicas rusas.

Dicho sea, que el repliegue anglosajón está tirando todo por la borda. Sus países pierden fuerza, presencia y control geopolítico. Y en la seguridad internacional, organismos como la OTAN no tiene ya nada más qué hacer.

Por ello, además, las facturas comenzarán a cobrarse pronto. Por ejemplo, si se logra el Brexit será a costa de Teresa May; si Trump sigue retirándose de los escenarios de guerra —donde EUA nunca debió estar— lo hará con la derrota en sus espaldas. Perdedores ambos del poder.

A Rusia, así lo intente por todos los medios como su rival geopolítico, EUA no le ganaría una carrera armamentista, en esta suerte de guerra fría rediviva. Mientras tanto, a Trump no le queda otra estrategia que seguir amedrentando por todos los medios y perdiendo amigos, tanco como cosechando odios en el mundo.

Hoy queda claro, entonces, que el “Make America Great Again” de Trump resultó insuficiente para salvar al American way of life de Jefferson, ahora desfalleciente.

Los voceros de Davos que pregonan la vigencia de la globalización en Occidente, deberían saber que se trata de un sistema que está cambiando de manos a pasos apresuradamente, y que como parte del anterior “orden”, el Occidental global se ha quedado atrás.

No es novedad que se invite a los de siempre. Tampoco que propongan “Globalización 4.0” para los temas de mayor avance científico y la tecnológico, para los negocios de nuevo tipo. Así se encuadre como “arquitectura global en la era de la nueva revolución industrial”.

Cabe cuestionar entonces: ¿Con eso los ricos salvarán a los pobres? Para seguir a Schwab, si la globalización produjo ganadores y perdedores, y en los últimos 24, 25 y 30 años hay muchos más ganadores, ¿podrán los ricos “ocuparse de los perdedores, de los que se han quedado atrás”, para salvarse a sí mismos?

No se ve por dónde crear, como lo propone Schwab, un “nuevo enfoque de la globalización “inclusiva”; “más sustentable y basada en principios leales”. Así como “una moralización o remoralización de la globalización” (sic).

Como el capitalismo y el imperialismo, su expresión superficial como “globalización” (que cierto trata de ocultar la “lucha de clases”), no se conseguirá jamás la moralización, aún con propuestas, materia y contenido del FEM, como las siguientes:

1) La “economía digital”, que avanza más por la ruta de la violación de identidades y penetración en la intimidad de las personas;

2) Las “guerras comerciales”, que por eso son guerras, porque como las multinacionales estadounidenses, avanzan cubiertas en la retaguardia por ejércitos;

3) La “inteligencia artificial”, como buenos inventores los científicos están creando máquinas para la guerra, que suplan militares en los campos de batalla;

4) “Seguridad cibernética”, para la inseguridad por el espionaje con la violación de las redes y sistemas de cómputo a personas, empresas y países enteros;

5) “Economía digital”, limitada al alcance de las redes de internet o la conexión que como tal resulta siempre excluyente;

6) “Las criptodivisas”, más centro de ataques porque circulan por las redes con alto grado de inviolabilidad, al mismo tiempo como un servicio no generalizado ni accesible, por la elevada cotización de dichas monedas virtuales, etcétera.

¿Dónde queda entonces la inclusión, la moralina y sustentabilidad? No en balde, los propios organizadores advierten en su informe sobre “riesgos globales”, que se espera un año donde “empeoren las confrontaciones económicas y políticas entre las grandes potencias”. Con la suma del saldo pendiente en materia de climas extremos por el “cambio climático”.

Como escribió el propio Klaus Schwab en su libro “La Cuarta Revolución Industrial”, con motivo del foro versión 2019 en Davos: “Nos encontramos al principio de una revolución que está cambiando de manera fundamental la forma de vivir, trabajar y relacionarnos unos con otros. En su escala, alcance y complejidad, lo que considero la cuarta revolución industrial no se parece a nada que la humanidad haya experimentado antes”.

¿Será que por eso se incluyó a la “geopolítica” como materia de reflexión en la agenda “Globalización 4.0”?, de Davos? Seguro que, si los especialistas atinan con seriedad analizar la globalización, encontrarán la falsa moralina —árbol que nace torcido, nunca su rama endereza—. También que lentamente, pero con paso firme los otrora centros del poder global han mudado el color de la piel. Las redes geopolíticas se tienden hoy desde Rusia y China, para decirlo en pocas palabras.

Y si finalmente los expertos revisan con el enfoque de la física cuántica —que está incluida por la tan anhelada “computación cuántica”—, a estos mismos centros del poder global, seguro descubrirán que la energía fina no solo fluye como materia, fotones o neutrones —con el ejemplo clásico de la doble ranura—, también se propaga en forma de ondas como se prueba en los laboratorios.

Es decir, comprobarán los mismos expertos que la bipolaridad fija muta en multipolaridad en movimiento de manera inevitable, aún con las mismas tretas globalizadoras de antes. Debe ser por eso que muchos países prefieren a inversionistas chinos que gringos.

Porque la confrontación pasó ya del bipolarismo clásico de la posguerra fría —EUA&Rusia—, al multilateralismo comprobado de ahora. Es por ello que los protagonistas en Davos tendrán que reconocer, como operadores, que no siempre llevan las de ganar. Aparte, es tiempo que lo vayan asimilando. Pues tampoco no hay mal que dure 100 años.

Por Salvador González Briceño 

Director

22-23/enero/2019.

 


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