“Las tres transformaciones que se han registrado se hicieron por la vía violenta, ahora va a ser pacífica…; ordenada pero radical”: AMLO.

No se entiende todavía lo que pasó, o no se quiere. Pero el triunfo de Andrés Manuel López Obrador conseguido el 1° de julio de 2018 fue avasallador, con el 53% de la votación total (el PAN: 22.5%; el PRI: 16.4%) y una participación ciudadana del 63%. Con ello consiguió la legitimidad suficiente para emprender los cambios, con un apoyo ciudadano no conseguido por los últimos presidentes —salvo Miguel de la Madrid con el 70% desde la maquinaria priista.

Se trata, por lo mismo, de un acontecimiento histórico por el hecho de haber derrotado al viejo sistema del PRI y PAN —a 90 años de férreo control—, y la caricatura perredista que se sumó abiertamente hacia 2012 vía el faccioso “Pacto por México”. Es verdad, falta ver con la práctica y el tiempo, si Obrador consigue la Cuarta Transformación —un “cambio pacífico”—, en referencia a la Historia de México: la Independencia (1810-21), la Reforma (1858-61) y la Revolución (1910-17).

El nuevo presidente —a quien en 2006 le fue arrebatado el triunfo— propone un cambio de rumbo. Asunto urgente, nada sencillo en tanto modificar el sistema desde la raíz implica deshacer buena parte de los compromisos asumidos a lo largo de ¡seis sexenios! de neoliberalismo, la artimaña para vender los bienes públicos y desarticular al Estado-nación.

Aparte, de los lastres de libre mercado, de la política económica con un país en bancarrota —crisis económica, pobreza, dependencia del exterior; violencia e inseguridad—, sobreviven los infaustos vicios del sistema político pripanista y un presidencialismo sui géneris: autoritario-represor, corporativo-clientelar y corrupto-impune.

Se entiende que por ello los cambios tienen que ser paulatinos, llenando los hoyos de lo que se permite y cambiando el sentido, eso sí, comenzando por la política social: becas para los estudiantes de todos los niveles, educación para todos, apoyo a los adultos mayores, al campo, salud colectiva, etcétera. A un daño no menor, del tamaño de lastre a tres décadas, no queda más que aplicar esa suerte de asistencialismo estatal.

Porque la gente no aguanta más. Qué decir de la pobreza generalizada, la falta de empleos, los raquíticos salarios —pérdida del poder adquisitivo superior al 70% (no del 60)—, el sistema de salud en quiebra, un campo en plena sequía, un sistema de pensiones amenazado, la carencia de oportunidades para los jóvenes de estudio y trabajo (mal llamados “ninis”), muestra del saldo anidado por la corrosión neoliberal.

De la mano de la concentración de la riqueza en pocas manos —frase trillada, pero cierta—, con unas cuantas familias adineradas dueñas del país, los encumbrados de Forbes (fruto del control monopólico en petróleo, energía, minería, comercio, agroexportación, industrias como automotriz, transporte; además de los bancos hipotecados a manos extranjeras, bolsa de valores con fuerte presencia especulativa, etcétera), cuando no con fondos en paraísos fiscales, sobre todo de la costra de políticos vivillos.

En todo este entramado, participando siempre en colusión perfecta, pululan los poderes económicos y políticos, fácticos también. Es decir, que las elites gobernantes de las últimas décadas se enriquecieron con la apropiación de los bienes nacionales, vía las privatizaciones a modo, solo entre cuates de la política y el tinglado empresarial.

En otras palabras, por un lado, la imposición de un sistema político encabezado por el PRIAN, acostumbrado a utilizar como herencia del pasado impostor todas las trampas imaginadas posibles para mantenerse en el poder, así fuese mediante el fraude electoral y distorsionando la voluntad popular; por el otro, un entramado perfectamente armado y coludido entre el poder político y el empresarial, fortificado por las políticas neoliberales aplicado desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto, con Carlos Salinas como el artífice principal.

Con el salinismo se enquistó el modelo neoliberal, donde comenzó el desastre, pese a la apertura económica y la firma del TLCAN, que trajo limitadas ventajas para el esquema exportador. Pero igualmente dio inicio a la descomposición política, con los asesinatos de importantes personalidades de la vida política nacional.

Visto más de cerca. La cínica justificación del “haiga sido como haiga sido”, de Felipe Calderón quien fue impuesto en Los Pinos en 2006 por la determinación de la autoridad electoral, más no por la claridad en el conteo de votos que generó una doble circunstancia: 1) La ilegitimidad que lo condujo a sacar de la chistera —sin autorización legislativa— con el apoyo de Washington, la desdichada “guerra contra el narcotráfico” que inundaría de sangre al país desde entonces; 2) La creencia popular de que el ganador había sido el propio López Obrador, en lo que era su primera campaña por la Presidencia, y a quien se le arrebató el triunfo.

Por la situación conjunta, entre el escenario de descomposición del país y la oferta de Obrador como candidato, es que la votación le favoreció incuestionablemente ahora —la tercera, la vencida—. Claro que se presentaron varios factores, finalmente a tono, como los siguientes:

  1. Un ejercicio del poder corrupto hasta la médula con varios escándalos visibles (desde la Casa Blanca de Peña Nieto y otros de su gabinete, hasta el huachicol como muestra de la desarticulación de Pemex desde adentro);
  2. Los gobernadores que hicieron uso privado de los fondos públicos: los Duarte de Veracruz y Chihuahua se erigieron emblemáticos durante el sexenio peñista.
  3. La violencia imparable, gracias a la estrategia fallida contra las drogas impuesta por el PAN, que llevó al ejército a las calles atizando con ello la sangría en todo el territorio nacional, y un tráfico imparable tanto de drogas como de armas procedente del norte, sin reacción alguna;
  4. Impunidad rampante, a todas luces, como parte del contubernio del sistema de justicia en el país, con el poder político vigente, apoyado siempre desde el legislativo como para no juzgar a nadie;

Pero además:

1)            La oferta política de un candidato como López Obrador, quien había recorrido muchas veces el país recogiendo las demandas ciudadanas, así como desarrollando las propuestas más viables, a su juicio, para comenzar aplicarlas desde abajo, siendo igualmente el candidato más conocido;

2)            La situación misma de rechazo a la falta de oportunidades para la población, de la mano de eventos no atendidos y menos resueltos, como la desaparición de los 43 de Ayotzinapa, asesinatos no aclarados, actos de corrupción e impunidad a flor de piel o escándalos por proyectos inviables como el nuevo aeropuerto de la CDMX, entre otros;

3)            La importancia del apoyo ciudadano, particularmente de los jóvenes para quienes otros candidatos, del PRI o el PAN, tuvieron propuestas. Además, que el viejo sistema priista había perdido el “voto duro” del pasado, pues las mayorías son hijos de la crisis económica con una juventud sin oportunidades;

4)            Las llamadas redes sociales —las “benditas redes sociales” como las llamó Obrador— que inundaron el escenario mediático versus los medios tradicionalmente manipuladores de la voluntad popular, al grado de contrarrestar la venta de imagen como opción solo para los continuadores “más de lo mismo”, Meade o Anaya.

A lo anterior el nuevo presidente, que tomó posesión el 1 de diciembre, se propone no un cambio de gobierno sino de régimen. Qué tan de fondo, no se sabe. Lo cierto es que está impulsando políticas alternativas, distintas, a las del viejo sistema del PRIANRD, y además ¡por la vía pacífica!

Primeramente, posee la legitimidad suficiente para gobernar, aunque eso le acarrea críticas de autoritarismo sin bases. Porque sí, el combate a la corrupción y la impunidad con el ejemplo, está levantando ámpula en aquellos que oponen resistencia, como la tremenda Corte por el no a elevados salarios con pueblo pobre.

El primer choque contra el viejo sistema fue el derrumbe del último proyecto de Peña Nieto, con dedicatoria para los empresarios consentidos del régimen, además: la desaparición del Estado Mayor Presidencial; extinción del CISEN, centro de espionaje del PRIAN. Otras decisiones de Obrador como Presidente, tienen que ver con: tirar la mal llamada reforma educativa; retirar la pensión a los expresidentes; el posible juicio político a los mismos por traición a la patria, pronto sometido a consulta pública; la revisión de todos los casos de corrupción, que incluye Odebrecht y el huachicoleo; las contrataciones dentro del mismo Pemex, fruto de la reforma energética amafiada y entreguista; corregir la CFE; la entrega directa de los recursos a los beneficiarios, dejando de lado los cacicazgos; entre otros temas que seguirán causando escozor, como la baja salarial con remuneraciones no mayores a la del Presidente.

Llama también al criterio juicioso de los opositores a la Cuarta Transformación, los recortes presupuestales en casi todas las funciones públicas, que en el pasado sirvieron para comprar voluntades y apoyo incondicional. Los recursos para los propagandistas de imagen —como el “telepresidente de televisa”, las televisoras, medios impresos y estaciones de radio consentidos por el sistema pripanista—, así como los voceros “(de)formadores de opinión pública” y timadores de conciencias, que abundan y hoy son los enemigos del cambio.

Ante la carencia de medios equilibrados o alternativos —críticos, más no denostadores infundados—, pues los que están no saben dónde quedó la bolita, porque se les acabó el “chayo” (los privilegios), frente al inesperado triunfo —la mayoría le apostó a que ganara Anaya o Meade— de Morena que les cayó como balde de agua fría.

Frente a estos escenarios mediáticos saltaron a la palestra las redes sociales (#AMLOFest, #4taTransformación, #AMLOPresidente2018, #PresidenteDeMéxico; incluso los “Peñabots”, etc.), que de cierta manera han funcionado como contrapeso a los manipuladores de opinión. Sin un criterio ordenado, aunque sí espontáneo y muy abierto, al final de cuentas resulta poco útil para una funcionar mayor, de contrapeso —tanto para el nuevo gobierno como el partido en el poder—, pues los tradicionales existentes se oponen. Falta una ordenada izquierda, hasta para contrarrestar a la derecha hoy resentida, virulenta que sin contraparte puede generar otro tipo de problemas (de desestabilización y los ejemplos sobran en Latinoamérica).

En eso radica el reto del relanzamiento de los nuevos medios que requiere el gobierno para la Cuarta Transformación, con Obrador en el timón. Para un cambio de régimen y un México mejor, auténticamente democrático, no la simulación del PRIAN.

Jueves 3 de enero de 2018.

Por Salvador González Briceño

 


-