Amenazas cumplidas. Donald Trump se decidió atacar a Siria la madrugada de este viernes 13. “Hace poco tiempo, ordené a las Fuerzas Armadas de EEUU a lanzar ataques de precisión contra los objetivos relacionados con las capacidades de armas químicas” de Siria, dijo en mensaje televisivo. Y envió los Tomahawk.

Lo tuiteaba tiempo atrás. ¿Con qué pruebas? Ninguna. El presunto ataque químico en Guta Oriental por parte del presidente Bashar al Assad a su gente, nadie lo ha probado. Ni en el terreno, ni en los laboratorios, tampoco la OPAQ (Organización contra Armas Químicas). Pero eso sí, Trump ordena “ataques” precisos. ¿Contra qué laboratorios? Dice que bases y centros de investigación químicas.

Pero queda claro que tanto para los EUA como para los “aliados” las pruebas no importaron. Ni para el Reino Unido ni Francia. Menos para Donald Trump. Solo la seguridad nacional. Esa sí que interesa, la seguridad nacional de EUA. Del resto del mundo nada. Para May es un asunto “de interés nacional del Reino Unido”; para Francia porque Macron “tiene pruebas”.

Claro que Siria es un país apetecible. Un territorio geopolíticamente clave en la región. No importa que todavía no se repone de los ataques terroristas, a los que hace poco derrotó con la fuerza de su ejército, de su gente y también el apoyo ruso, tras una guerra de siete años (2011 a la fecha) contra el terror.

El terrorismo, que es auspiciado por Occidente para desestabilizar, destruir, asesinar e invadir países, como ha sucedido en Irak, Afganistán o Libia. Y quedarse con las reservas de energéticos, petróleo y gas. Los negocios privados de las guerras y luego el de la reconstrucción. ¡Todo en nombre de la democracia, la libertad y “nuestros valores” gringos!

Para esconder la derrota de los socios de Occidente, los terroristas, para eso son las guerras contra los países que “auspician el terror”. Bolas de humo para minimizar la derrota del “policía del mundo” y sus “aliados”. Para no quedar humillados ante todos por Siria, tampoco Rusia.

Menos tratándose de EUA, país con autoridad global suficiente para atacar a otros so pretexto de su “seguridad nacional”. La propia, claro está. Una política que se erigió desde el propio Congreso estadounidense, casi inmediatamente ocurrieron los —mal planeados, porque no hay crimen perfecto; menos de tamaña envergadura— autoatentados del 9/11 a las Torres Gemelas de Nueva York.

La doctrina de la “guerra preventiva” de Bush, actualizada en 2016 y ratificada en 2017 para “sancionar a cualquier país del planeta en nombre de la seguridad nacional”. O, antes, cuando en 2015 el Pentágono determinó que “Rusia, Irán y Corea de Norte representan una amenaza para la paz mundial”. Luego también China. Sin más “seguridad” que la propia.

¿Entonces, en dónde queda el derecho internacional? Pues con Donald Trump la ultraderecha norteamericana está violando normas y reglas. El derecho queda como asunto del pasado, de los tiempos de la Guerra Fría. ¿Y Naciones Unidas? Tibia —por no decir nula, como en este caso— su posición de llamar a la “moderación” a las partes en este caso, en lugar de condenar el bombardeo.

Todavía la Guerra Fría tenía reglas, límites o líneas rojas que se respetaban. No obstante el relativo equilibrio. Nunca exento de amenazas —la crisis de los misiles en Cuba 1962, fue uno de los mayores peligros—, pero el mundo quedó a expensas de la disuasión nuclear, sin que se rompieran los acuerdos base.

Hoy no se tiene ni eso. Porque Estados Unidos con Donald Trump se está encargando de romper con el pasado. La otrora libre competencia se está volviendo libre uso de la fuerza. Militar. EUA quiere permanecer como potencia así sea mediante la violencia. Es una suerte perversa de militarismo imperialista, el de Trump.

Ese país está pasando del supremacismo blanco local, con una fuerte dosis de proteccionismo, a una suerte de supremacismo militar global. En otras palabras, un EUA más peligroso que en los tiempos de la Guerra Fría.

No lo tiene, pero quiere erigir al viejo enemigo de enfrente. Es decir, no existe la URSS, pero sí Rusia. Más que no se olvide de China, del dragón que puede dar la sorpresa no solo desde el terreno militar.

Apenas pasaba, semanas atrás, el distractor contra el enemigo principal —el otro es Irán—, esa ola de fake news o falsas banderas contra Rusia, por el caso del presunto envenenamiento de Sergei Skripal, el exespía ruso, y su hija Yulia. Tampoco demostrado hasta la fecha. Una jugada de billar a muchas bandas y a tiro seguido.

Citaré algunas:

1) Esconder el presunto espionaje ruso en las pasadas elecciones de EUA —a cambio, por ahí brincó el uso de datos Facebook de Cambridge Analytica;

2) Volver el asunto contra Rusia de carácter anglosajón, con la entrada de Gran Bretaña a los escenarios geopolíticos, con la subvaluada Theresa May para seguir con su Brexit;

3) Meter ruido por dos vertientes: a) previo a las elecciones rusas contra la candidatura de Vladimir Putin, y b) contra los beneficios de proyección de ese país la víspera del próximo mundial de futbol;

4) Tirar la basura bajo la alfombra de la derrota en Siria, vergüenza para Occidente la capitulación de sus auténticos “aliados” del “estado islámico”, “isis” o “daesh”;

5) Camuflar el enfriamiento del trama de las coreas, auspiciado a iniciativa de Kim Jong-un, al buscar reunirse con sus vecinos del Sur. Un tema geopolítico contra China, principal socio de Corea del Norte;

6) Renegar por los apoyos europeos a Rusia, pese a las sanciones comerciales propiciadas desde EUA, Bruselas y Gran Bretaña, y minar la resistencia de varios países de la eurozona a romper lazos comerciales.

Entre otros asuntos.

Como la principal jugada geoestratégica que pasa por golpear a Rusia ahora que ha resurgido como fuerte competidor geopolítico en los escenarios internacionales, en alianza estratégica con China.

Menos pretende Occidente pasar por alto la ofensa de Putin, cuando el pasado 1 de marzo mostró poder armamentístico del orden hipersónico; una serie de cohetes con los que puso a temblar al Pentágono y a los mismos socios de la OTAN (ese armatoste de la Guerra Fría, que se sostiene solo por el negocio de la guerra).

Es temprano para ver las secuelas del ataque a Siria por Donald Trump. Por lo pronto, Assad ha dicho que habrá “más inestabilidad en la región, que amenazará la seguridad internacional”. Rusia dice que habrá consecuencias. Para ver las implicaciones con fake news como única evidencia.

Lo cierto es que el mundo es ahora más inseguro, de penumbra y riesgo. Con un país militarista y un presidente impredecible, que parece jugar a la “teoría del loco” de Kissinger. Un loco que, por cierto, sí sabe lo que hace: defender intereses a nombre de la “seguridad nacional”.

Sábado 14 de abril, 3.45 am.


Salvador González Briceño

Director


 



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